Ciudades de Marruecos: 5 razones para visitar cada una

Ciudades de Marruecos

Ciudades de Marruecos

Oye, voy a ser directo contigo: Marruecos es de esos sitios que te cambia un poco por dentro. No sé cómo explicarlo bien, pero cuando vuelves a casa ya no eres exactamente la misma persona. Tienes especias en la maleta, recuerdos que no caben en Instagram y probablemente unas babuchas que compraste sin regatear lo suficiente. Si estás pensando en ir y no sabes por dónde empezar, relájate, que te tengo cubierto. Aquí van las 7 ciudades de Marruecos que no te puedes perder, explicadas como si te lo contara un amigo que acaba de volver del viaje de su vida.


Fez: el sitio donde el GPS te rinde y te dice “aquí me rindo”

En serio, Fez es otro mundo. Tiene una medina con unas 9.000 callejuelas —sí, nueve mil— y te lo digo ya: vas a perderte. Más de una vez. Y lo mejor es que eso es exactamente lo que tienes que hacer. Pasear sin rumbo por esas callejuelas medievales, oler el cuero de las tenerías desde los miradores (alerta: el olor es potente, te avisan dándote una ramita de menta), ver a artesanos trabajar como si el tiempo no hubiera pasado desde el siglo XII…

Ah, y para que lo sepas: en Fez está la Universidad de Al-Qarawiyyin, fundada en el año 859. O sea, cuando en Europa todavía se discutía si la Tierra era plana, aquí ya había universidad. Un poco humillante, la verdad.

Tip de amigo: Ve a las tenerías de Chouara al amanecer. Luz dorada, menos turistas y las mejores fotos de tu vida. Luego puedes desayunar un café con msemen en cualquier cafetería del barrio y sentirte completamente local.


Marrakech: caos, color y la mejor pizza que… no, espera, tajine

Marrakech es la que todo el mundo conoce, y con razón. La “Ciudad Roja” tiene esa energía de ciudad que nunca duerme, que te absorbe desde que llegas y no te suelta hasta que estás en el avión de vuelta lamentando no haberte quedado más días.

La Plaza Djemaa el-Fna es básicamente el caos organizado más entretenido del planeta: encantadores de serpientes, músicos tocando a todo volumen, señores contando historias en árabe que no entiendes pero de las que no puedes apartar los ojos, y puestos de comida por todos lados. Es imposible estar aburrido ahí ni cinco minutos.

El Palacio Bahia te va a dejar con la boca abierta. Lo construyeron en el siglo XIX para ser “el palacio más impresionante de su tiempo” y, sinceramente, lo lograron: mosaicos, techos de cedro tallado, jardines de naranjos… un lujo que hace que tu piso parezca un trastero.

Y si necesitas un momento de paz después del trajín del zoco, los Jardines de Menara son perfectos. Estanque, olivares, el Atlas nevado de fondo. Respira. Ya.

Tip de amigo: Ve al Palacio Bahia bien temprano. A partir de las 11 hay tanta gente que casi no puedes ver nada y las fotos salen llenas de desconocidos. No es lo mismo.


Rabat: la capital que la gente siempre olvida (y no debería)

Todo el mundo vuela a Marrakech o Casablanca y se olvida de Rabat. Gran error. La capital de Marruecos es relajada, bonita y mucho más manejable que el resto. Tiene el ritmo de una ciudad que no necesita demostrarte nada.

La Torre de Hassan es su postal más famosa: un alminar de 44 metros que se quedó a medias porque el sultán que la encargó se murió antes de terminarla, en 1199. Hay algo poético en eso. Al lado está el Mausoleo de Mohammed V, elegantísimo, con mármol blanco y mosaicos que te hacen entender por qué la artesanía marroquí tiene fama mundial.

La medina de Rabat es mucho más tranquila que la de Fez (no vas a perderte, o al menos no tanto) y la Kasbah de los Udaya, con su vista al Atlántico, es un final de tarde de diez.


Merzouga: porque a veces la vida necesita dunas

Merzouga no es exactamente una ciudad imperial, pero te juro que es la parada que más gente recuerda. ¿Por qué? Porque está en la puerta del Erg Chebbi, el campo de dunas más espectacular de Marruecos, con alturas de más de 150 metros. Y sí, es tan increíble como parece en las fotos.

Pero ojo, que Merzouga ofrece mucho más que la típica foto en lo alto de una duna al atardecer (que también, obvio). Cosas que puedes hacer:

  • Salir en 4×4 a explorar oasis escondidos entre la arena.
  • Montar en quad si eres de los que necesitan adrenalina para disfrutar.
  • Visitar Khamlia, un pueblo pequeñísimo cuyos habitantes son descendientes de esclavos subsaharianos y que tiene una música gnawa que se te mete en el cuerpo.
  • Ver las minas de Kohl, donde se extrae ese cosmético oscuro que llevan los bereberes desde hace siglos.
  • Pasar la noche en un campamento nómada mirando las estrellas. Sin contaminación lumínica, el cielo de Merzouga es de otro planeta. Literalmente, parece que estás viendo otro planeta.

Essaouira: la hippie con murallas del Atlántico

Essaouira es ese lugar que descubres casi de casualidad y del que no quieres irte. Ciudad amurallada, puerto de pescadores, brisa atlántica constante (mucha brisa, lleva una chaqueta aunque sea verano, en serio) y una vibra relajada que contrasta con el ritmo acelerado de Marrakech o Fez.

El puerto huele a mar y a sardinas recién capturadas, los gatos deambulan por todas partes como si fueran los dueños del lugar (lo son, básicamente) y las calles blancas y azules son un fotón detrás de otro. Cada año se celebra aquí el Festival de Música Gnawa, que reúne a artistas de todo el mundo y convierte la ciudad en una fiesta enorme.

Y si te gusta el windsurf o el kitesurf, Essaouira es uno de los mejores spots de Europa. El viento constante que hace que vayas con el pelo en la cara todo el rato tiene al menos esa ventaja.


Casablanca: sí, existe de verdad y no, Humphrey Bogart no estaba aquí

Casablanca es enorme, moderna y bastante diferente a lo que imaginas si vienes con la película en la cabeza. Es la capital económica del país, una ciudad bulliciosa y cosmopolita que tiene muy poco de “medina medieval” y mucho de metrópolis del siglo XXI.

Pero tiene un monumento que justifica la visita por sí solo: la Mezquita Hassan II. Con su minarete de 210 metros —el más alto del mundo—, es la mezquita más grande de África y la tercera del planeta. Parte de ella está construida sobre el mar, con suelos de cristal desde los que ves el Atlántico bajo tus pies mientras estás dentro. Es una de esas cosas que ves y piensas “¿cómo hicieron esto?”.

El barrio art déco de la ciudad también es una sorpresa enorme: el mejor conservado del norte de África, con fachadas que te hacen olvidar por un momento que estás en Marruecos.


Meknes: la imperial que nadie visita (y tienes que cambiar eso)

Meknes es el secreto mejor guardado de las ciudades imperiales marroquíes. Está bien conectada por tren, tiene menos turistas que Fez o Marrakech y guarda monumentos espectaculares, como la Puerta Bab Mansour, uno de los arcos triunfales más elaborados de todo el mundo islámico. Es de esas cosas que no esperas y que te dejan parado delante un buen rato.

El bonus extra: a solo 30 km están las ruinas romanas de Volubilis, Patrimonio de la Humanidad, perfectamente conservadas y con vistas al campo marroquí que son una pasada. Meknes + Volubilis en un día es uno de los mejores planes que puedes hacer en todo el viaje.


La comida: la razón por la que volverás

No te voy a mentir: parte de la razón por la que Marruecos engancha tanto es la comida. El tajine (guiso de carne o verduras cocinado a fuego lento en ese recipiente cónico), el cuscús del viernes, la harira —una sopa de legumbres y especias que te abraza por dentro— y las pastelas de hojaldre rellenas de pollo o paloma son platos que no se olvidan fácil. Todo halal, todo fresco, todo con especias que aquí en casa tardas años en replicar.

Y el té de menta. Por favor, no te vayas de Marruecos sin tomar té de menta en un riad. Es el ritual perfecto para acabar cualquier tarde.


Antes de que hagas la maleta: lo que necesitas saber

¿Cuándo ir? Primavera (marzo-mayo) u otoño (septiembre-noviembre). El verano en el interior es de infarto —y no de los buenos—, con temperaturas que superan los 40 grados fácilmente. El invierno mola para el desierto pero el Atlas puede ponerse frío de verdad.

¿Necesito visado? Si eres de España, de la UE o de Latinoamérica, no. Hasta 90 días sin visado. Pasaporte en regla y listo.

¿Con qué pago? Con dírhams marroquíes (MAD). Cambia en cajeros o casas de cambio oficiales ya dentro del país; llevar euros y cambiarlos ahí suele salir mejor.

¿Cómo me muevo? El tren de alta velocidad Al Boraq entre Casablanca y Tánger es una maravilla. Para el desierto o Essaouira, o alquilas coche o contratas un guía con transporte. Los grands taxis (taxis compartidos) entre ciudades cercanas son baratos y funcionan bien.

¿Es seguro? Sí, en general. Ojo con los carteristas en zocos muy concurridos (el bolsillo siempre delante), respeta el código de vestimenta en mezquitas y confirma precios antes de comprar artesanía. El regateo es parte de la cultura, así que diviértete con eso.


En resumen: ve a Marruecos

Mira, podría ponerte aquí una conclusión muy seria y literaria sobre por qué las ciudades de Marruecos son una experiencia transformadora blablablá. Pero la verdad es más sencilla: es un país que te da todo a la vez —historia, comida, desierto, mar, arte, caos y paz— y que lo hace con una hospitalidad que te descoloca si no estás acostumbrado.

¿Que te vas a perder en Fez? Seguro. ¿Que vas a pagar de más en algún zoco? Probablemente. ¿Que vas a volver a casa con ganas de repetir? Garantizado.

¿Quieres que alguien te ayude a planificarlo sin el estrés? Cuéntanos cuánto tiempo tienes, qué te apetece ver y cuánto quieres gastar, y te armamos una ruta a medida. Sin rodeos, sin paquetes genéricos.

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